Arbeit macht Frei
Hoy se cumple el 73 aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en Oświęcim, Polonia.
A lo largo de nuestra vida, nos encontramos en ocasiones con experiencias o vivencias que nos cambian para siempre, que reconfiguran la forma que tenemos de sentir y de pensar.
En abril de 2014 visité el campo-museo de Auschwitz-Birkenau, era primavera y las flores y la hierba crecían junto a los edificios, los barracones, las vías de tren y las cámaras de gas. Era abril y costaba imaginarse cómo pudo ser el horror al que los documentales y el cine nos han acostumbrado; esos días grises y fríos, de barro y nieve en los que las personas que estaban allí encerradas, retenidas, secuestradas y hacinadas se enfrentaban en los largos y duros inviernos polacos.
En enero de 2016 regresé a Auschwitz, y encontré lo que en mi primera visita no fui capaz de imaginar: la nieve, el frío, la soledad y el barro. Mi visita no fue muy distinta, volví a revivir todo lo que sentí en aquella primera vez, salvo que fue más duro, más hiriente, más cruel: igual que el invierno.
Cualquiera que me conozca un poco me habrá escuchado hablar de Auschwitz, me habrá oído decir cómo ese sitio me cambió para siempre y cómo me afectó. Auschwitz se me clavó en el pecho y jamás ha vuelto a salir, se me pegó a la piel y nunca de despegó. Aún me emociono cuando recuerdo lo que vi allí, aún me sobrecoge aquel frío que, aún siendo Abril, se me coló dentro. Fue sin duda alguna una de las peores experiencias de mi vida, y aunque de estas cosas casi nunca se hablan, a mi me gusta hablar de ello todo lo que puedo. De Auschwitz hay que hablar, porque jamás debemos olvidarlo.
La primera vez que fui a Auschwitz me prometí que no volvería nunca a pisar aquel lugar, me asustó y espantó tanto todo lo que sentí y vi que no creí que fuese capaz de repetir la experiencia. Falté a mi promesa y regresé en invierno. Una parte de mi quería vivir la experiencia de visitar Auschwitz en sus peores condiciones meteorológicas, otra parte de mi no pudo evitar volver a visitar el lugar donde a tanta gente le arrebataron la vida. Si vamos a los cementerios a poner flores a nuestros muertos, ¿Por qué no iba yo a volver a visitar el cementerio más grande en el que he estado?
Porque Auschwitz, no es un campo de concentración, no es un museo: es un cementerio. Si alguna vez habéis estado en un cementerio, tal vez hayáis sentido esa extrañeza en el ambiente y en el aire, esa sensación indescriptible, esa certeza de estar rodeado de muerte. Si alguna vez habéis estado en un cementerio y habéis sentido algo, Auschwitz ve vuestra apuesta y hace un all-in.
Auschwitz contaba con 4 cámaras de gas, y una cámara de gas podía exterminar hasta 2500 personas en 25 minutos.Se calcula que llegaron a estar internadas en Auschwitz 1,3 millones de personas. Eso es más del cuádruple de la población de Valladolid. Y aunque, a veces, pensemos que estas cosas les pasan a otros, nunca debemos de olvidar que, entre las personas asesinadas, había unos 1.200 republicanos españoles. El 90% de las personas internadas allí fueron asesinadas. De 1.300.00 personas que llegaron, sólo 125,000 sobrevivieron. Las cifras son, con perdón, acojonantes. Pero más acojonante es que de los 6.500 miembros de las SS que trabajaron en el campo, sólo 750 fueron condenados.
Si guardáramos un minuto de silencio por cada víctima del Holocausto, estaríamos callados durante 11 años y medio.
Si queréis ser conscientes de cómo es la auténtica naturaleza del ser humano, si queréis aprender a ser mejores personas, si queréis recordar de verdad: visitad Auschwitz. No podemos cambiar lo que pasó, pero podemos y debemos recordarlo. Que nunca caiga en el olvido. Que todas esas muertes no hayan sido jamás en vano.
"Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo"
"Those who cannot remember the past are condemned to repeat it."
"Wer sich nicht an die Vergangenheit erinnern kann, ist dazu verdammt, sie zu wiederholen."
"Ci, którzy nie pamiętają przeszłości, skazani są na jej powtarzanie."
A lo largo de nuestra vida, nos encontramos en ocasiones con experiencias o vivencias que nos cambian para siempre, que reconfiguran la forma que tenemos de sentir y de pensar.
En abril de 2014 visité el campo-museo de Auschwitz-Birkenau, era primavera y las flores y la hierba crecían junto a los edificios, los barracones, las vías de tren y las cámaras de gas. Era abril y costaba imaginarse cómo pudo ser el horror al que los documentales y el cine nos han acostumbrado; esos días grises y fríos, de barro y nieve en los que las personas que estaban allí encerradas, retenidas, secuestradas y hacinadas se enfrentaban en los largos y duros inviernos polacos.
En enero de 2016 regresé a Auschwitz, y encontré lo que en mi primera visita no fui capaz de imaginar: la nieve, el frío, la soledad y el barro. Mi visita no fue muy distinta, volví a revivir todo lo que sentí en aquella primera vez, salvo que fue más duro, más hiriente, más cruel: igual que el invierno.
Cualquiera que me conozca un poco me habrá escuchado hablar de Auschwitz, me habrá oído decir cómo ese sitio me cambió para siempre y cómo me afectó. Auschwitz se me clavó en el pecho y jamás ha vuelto a salir, se me pegó a la piel y nunca de despegó. Aún me emociono cuando recuerdo lo que vi allí, aún me sobrecoge aquel frío que, aún siendo Abril, se me coló dentro. Fue sin duda alguna una de las peores experiencias de mi vida, y aunque de estas cosas casi nunca se hablan, a mi me gusta hablar de ello todo lo que puedo. De Auschwitz hay que hablar, porque jamás debemos olvidarlo.
La primera vez que fui a Auschwitz me prometí que no volvería nunca a pisar aquel lugar, me asustó y espantó tanto todo lo que sentí y vi que no creí que fuese capaz de repetir la experiencia. Falté a mi promesa y regresé en invierno. Una parte de mi quería vivir la experiencia de visitar Auschwitz en sus peores condiciones meteorológicas, otra parte de mi no pudo evitar volver a visitar el lugar donde a tanta gente le arrebataron la vida. Si vamos a los cementerios a poner flores a nuestros muertos, ¿Por qué no iba yo a volver a visitar el cementerio más grande en el que he estado?
Porque Auschwitz, no es un campo de concentración, no es un museo: es un cementerio. Si alguna vez habéis estado en un cementerio, tal vez hayáis sentido esa extrañeza en el ambiente y en el aire, esa sensación indescriptible, esa certeza de estar rodeado de muerte. Si alguna vez habéis estado en un cementerio y habéis sentido algo, Auschwitz ve vuestra apuesta y hace un all-in.
Auschwitz contaba con 4 cámaras de gas, y una cámara de gas podía exterminar hasta 2500 personas en 25 minutos.Se calcula que llegaron a estar internadas en Auschwitz 1,3 millones de personas. Eso es más del cuádruple de la población de Valladolid. Y aunque, a veces, pensemos que estas cosas les pasan a otros, nunca debemos de olvidar que, entre las personas asesinadas, había unos 1.200 republicanos españoles. El 90% de las personas internadas allí fueron asesinadas. De 1.300.00 personas que llegaron, sólo 125,000 sobrevivieron. Las cifras son, con perdón, acojonantes. Pero más acojonante es que de los 6.500 miembros de las SS que trabajaron en el campo, sólo 750 fueron condenados.
Si guardáramos un minuto de silencio por cada víctima del Holocausto, estaríamos callados durante 11 años y medio.
Si queréis ser conscientes de cómo es la auténtica naturaleza del ser humano, si queréis aprender a ser mejores personas, si queréis recordar de verdad: visitad Auschwitz. No podemos cambiar lo que pasó, pero podemos y debemos recordarlo. Que nunca caiga en el olvido. Que todas esas muertes no hayan sido jamás en vano.
"Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo"
"Those who cannot remember the past are condemned to repeat it."
"Wer sich nicht an die Vergangenheit erinnern kann, ist dazu verdammt, sie zu wiederholen."
"Ci, którzy nie pamiętają przeszłości, skazani są na jej powtarzanie."
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